Uno de los productos que hemos probado de Nancy es su margarina/mantequilla untable. En el post de Instagram (os recuerdo aquí dónde encontrarnos, queridos: http://www.instagram.com/concuatroymasenmimochila) os contábamos que llevamos aproximadamente un año con esta receta, y que es muy sencilla de preparar.
La norma de los cinco.
Porque, sinceramente queridos, viendo lo que se nos pone delante de las narices en el supermercado, más aún si se tiene tiempo -y ganas- de leer las etiquetas, lo que realmente apetece es practicar la conocida como «norma de los cinco». Ésta consiste en comprar únicamente productos que tengan como MÁXIMO cinco ingredientes en el etiquetado, es decir, productos básicamente frescos o mínimamente procesados.
En el caso de la margarita comercial, es increíble la cantidad de cosas que meten ahí dentro, motivo por el cual decidimos buscar alguna alternativa.
Mientras hubo en el perchero casos de intolerancia/alergia a lácteos, hicimos experimentos con aceites congelados, etc. Fue un comienzo, pero no nos terminaba de convencer el resultado. Para todo ese trabajo, mejor aceite de oliva de calidad, y punto.
Ahora bien, añorábamos el sabor de la mantequilla, ese puntito festivo que a mí personalmente me transportaba a la infancia, a las tardes con Granny tomando el té. Y no queríamos renunciar a eso, si la salud lo permitía.
Con esta receta lo tenemos todo: sabe bien y se unta mejor. ¿Quién da más?
Ingredientes:
250 gr mantequilla
100 gr aceite girasol u oliva suave (1/2 vaso)
Opcional: 1 pizca de sal
Preparación:
Dejamos la mantequilla a temperatura ambiente para que ablande (podemos utilizar también el microondas, pero es importante que NO se derrita).
Con las varillas de una batidora (nosotros usamos una de mano), vamos montando la mantequilla ablandada durante un par de minutos.
En ese momento, iremos añadiendo poco a poco el aceite y seguiremos montando unos minutos más. Debe quedar como una mayonesa. No os preocupéis si la veis un poco «demasiado pastosilla», al guardarla en la nevera endurecerá.
Es muy importante, queridos, que queden los ingredientes bien integrados, pero no hace falta -si batís bien- que dediquéis más de 5-6 minutos en total.
Colocad la mezcla en 1-2 tarros con tapa, a vuestra elección, dejad reposar al menos una hora en nevera ¡y ya está!
Esperamos que os animéis a probar, más que esta receta en concreto, nuevas alternativas más saludables, ecológicas y económicas (y ya sabéis, según la filosofía mochilera, también sencillas) para nutrir vuestro cuerpo y vuestro hogar.
Nos vemos por aquí muy pronto, sin receta pero con noticias😉.
Besos mochileros, queridos, y gracias por seguir ahí 😘😘😘.
Esta mañana se me ha ocurrido una idea buenísima para retomar el blog.
Un tema de actualidad, con un inicio -redactado en mi cabeza- inigualable. ¡Hasta yo misma me sorprendía de mis habilidades como «escritora mental»!
De repente, ha sonado la alarma: ¡al colegio, a recoger a los numeritos!
Apagando la alarma, he visto que tenía unos cuantos WhatsApp pendientes, otros tantos mails, un comentario en Instagram y se me habían multiplicado los eventos de la semana.
Y, con todo eso en la cabeza, me he perdido.
En blanco. Completamente en blanco. Ni un atisbo de lucidez, ni la mínima pista que me lleve al tema en cuestión.
Tras la comida y nuevo paseo al centro escolar, una taza de té y a discurrir un poco.
«¡Venga, mujer, estrújate la cabeza un poco más, tus amigos no se merecen esto!»
Nada, queridos, la nada más absoluta y vacía.
Mi yo del pasado hubiera entrado en pánico, o se habría frustrado en plan apocalíptico…
Mi yo del presente (¡hola!) parece que ha tenido bastante, y se niega a perder más salud por un despiste propio de quien no anota las cosas en un papel cuando surge la oportunidad. «Quien no apunta, no lee» reza una de las frases favoritas de señor padre.
Pues eso, ahora toca aguantarse el orgullo, reconocer el error y, con mucha paz, seguir adelante.
Quizá no ha sido tan malo perderme, después de todo.
Besos mochileros, breves y reflexivos, para dar comienzo a una nueva etapa en el blog.
Si nos seguís en Instagram (@concuatroymasenmimochila), sabréis que los viernes son para las cosas bonitas☺️, para apreciar la belleza y bondad de esas pequeñas cosas que hacen que nuestra vida sea mejor.
RECUERDOS
Y eso nos lleva a veces, queridos, a rememorar momentos de la infancia que han quedado grabados con un brillo especial.
En mi caso, entre otros muchos, la visita -anual- a un puesto de gofres. Siempre con la misma rutina previa (médicos😅) y siempre con el mismo chascarrillo de santa madre, que convertía el momento en memorable con ese toque tierno tan característico de su persona.
Durante mucho tiempo creí que tomaba gofres belgas, pero ahora ya sé que se trataba de los contundentes y sabrosos gofres de Lieja.
Copio aquí, queridos, una breve descripción y diferenciación de estos dos tipos de gofres (información obtenida en la red):
GOFRES DE BRUSELAS
Aparecieron a mitad del siglo XIX, convirtiéndose en un postre muy popular gracias a la Exposición Universal de Bruselas (1958).
De masa suave, ligera y bastante líquida, se preparan en planchas rectangulares y con agujeros más pequeños que los de Lieja.
Además, los gofres belgas tienen muy poco azúcar en su masa, por lo que es habitual verlos con azúcar en polvo por encima.
Recuerdo que una amiga los preparó una vez en casa, y la textura me recordó a las tortitas americanas, aunque con más sabor 😋.
GOFRES DE LIEJA
A simple vista, son más redondeados, pequeños y densos que los belgas (santa madre os diría ahora que se ven «más bastos»😂).
Con la superficie más oscura por el azúcar caramelizado, en la mayoría de los establecimientos que los venden la masa lleva también azúcar perlado (para alegría de servidora, leí que la receta original no utilizaba este tipo de azúcar, cosa que me animó a prepararlos👍).
Su origen se remonta a la ciudad de Liege y es más antiguo y popular que el gofre belga (del siglo XVIII).
Cerca de pueblito bueno, su fama creció como la espuma en los años 80 gracias a las ferias y, sobre todo, a una famosa franquicia (la del niño haciendo pis😉).
Y ahí es donde comenzó nuestra historia con los gofres…
RECETA
Pues queridos, una vez en el perchero, y tras investigar sobre el modelo que se adaptaba mejor a nuestras preferencias, decidimos comprar la gofrera. En la familia extensa tenemos miembros bastante conocedores de la gastronomía de esos lares, y nos asesoraron bastante bien (aunque al final compráramos un modelo totalmente distinto al suyo, cabezonerías mías🤣).
Por si os interesa, nosotros tenemos una gofrera sin placas intercambiables (vale para lo que vale, y punto), con capacidad para cuatro gofres de Lieja (cuadradas y con 16 agujeros por placa). Es de Amazon, tiene un precio razonable y podéis encontrar allí un montón de artículos relacionados (no es colaboración, es practicidad).
Ya teníamos el cacharro, y ahora tocaba buscar -y probar- recetas (de eso, ha pasado un año 😅).
¡Y quien la sigue, la consigue!
Hemos preparado tortitas en gofrera (una solución rápida y cómoda), también versiones saladas con patata y masas con queso (a los numeritos no les convenció demasiado) y, hace varias semanas nos pusimos ya en serio con las recetas de los gofres de Lieja.
Primer golpe en la frente: azúcar a mogollón.
Casi todas las recetas llevan la misma cantidad de mantequilla (y ya os aviso, es una barbaridad -pero vale la pena, os lo aseguro-) que de azúcar perlado, más otro poco de azúcar «normal» y/u otros endulzantes, así que es para pensárselo un poco.🤔
LA receta.
Bien queridos, LA receta, la que nos gusta, la que me recuerda a esos momentos de infancia, está basada en la receta de Instagram de @megasilvita, a quien encontré por casualidad (gracias).
Versión mochilera.
Como imaginaréis, tardé cero segundos en modificar la receta original: fuera azúcar perlado 😂.
También cambié la proporción de algunos ingredientes y la escalé para adaptar mejor las cantidades. Aquí tenéis -como en el tiramisú-, dos opciones: hacer la mitad, o preparar toda la masa, hacer porciones, y congelar. ¡Síiii, se puede!
Yo he llegado a preparar hasta 48 porciones de una tacada, congelado la masa, y la he ido sacando poco a poco -bolsas con ocho porciones- para algún desayuno o merienda especial (uno por persona, no hace falta más, insisto, son muy contundentes los gofres de Lieja).
También podéis elegir si queréis prepararlo a mano o a máquina. Un robot de cocina o amasadora os hará la vida más fácil si queréis dejar preparada una buena tanda (cocina una vez, come varias veces).
Gofres mochileros:
La preparación tiene dos fases, queridos.
En primer lugar, activaremos un sobre de levadura seca de panadero, o un cubito de levadura fresca, con 200 ml de leche templada y 2 cucharadas generosas de miel.
En cuanto empiece a burbujear, añadiremos 2 huevos, batiendo bien, y 550 gramos de harina.
Trocearemos 250 gramos de mantequilla (si la dejáis fuera del frigo un rato os facilitará el trabajo), y añadiremos a la masa.
Mezclaremos todo un par de minutos, no es necesario excederse con el amasado, y dejaremos reposar mínimo una hora para que fermente.
Con esta masa nos saldrán de 20 a 24 porciones. Daremos forma redonda, dejamos unos minutos más para reposar y ahora tenemos dos opciones: cocinar tal cual en la gofrera, o bañar la masa con un poco de azúcar, lo que caramelizará la superficie y le dará un sabor más original.
A mí me gusta hacerme la despistada con el azúcar, esto no es novedad (¿verdad que no, queridos?🤣), pero es cierto que en este caso la receta mejora bastante. Y también es cierto que las recetas con azúcar perlado, como os decía antes, llevan casi tanto azúcar como mantequilla, en este caso serían de 200 a 250 gr de azúcar perlado 🫢 que no vamos a añadir -vosotros, queridos, podéis prepararlo como os apetezca, faltaría más-).
En algunos casos, los gofres se usan para preparar recetas saladas, así que el baño sobraría (vi una vez un documental sobre la gastronomía estadounidense y su herencia europea y me quedé fascinada con un gofre cubierto de cordero estofado y ensalada de col…). ¡Para gustos, colores!
La única precaución que añadiremos, si preparamos los gofres con azúcar, es comprobar que no se peguen a la gofrera -por muy antiadherente que sea, pincelar con un poco de aceite suave o mantequilla de vez en cuando vendrá muy bien-.
VERSIONES SIN SIN
Queridos, nosotros esta vez no hemos preparado otras versiones sin lácteos o sin huevos o sin gluten.
Nos parece una de esas recetas, como los sobaos pasiegos, en las que prescindir de los ingredientes base es igual a cargarse sabor, y receta por ende (y tampoco es un postre para preparar todas las semanas, too much).
Pero os animamos a experimentar, a avanzar en la cocina cambiando cosas, añadiendo, quitando… ¡De eso se trata!
Y ya sabéis, compartir es de guapos ¡vuestros comentarios nos serán muy útiles para seguir creciendo, aunque sea a lo ancho en este caso🤣!
Os esperamos, como siempre, con los brazos -y los bolsillos de la mochila- abiertos. Besos mochileros dulces dulces🤗😘😘😘
A pocos minutos de regresar al cole para -¡por fin!- dar por finalizada la primera ronda de tutorías 💪, arrebujada en el sofá con la manta porque el frío de la mañana no se me termina de ir (que no sea un catarro, ¡por favor!), cumplo una de las promesas que os lancé en Instagram (y os invito a los que todavía no habéis visitado la mochila en esa plataforma a que paséis un día por ahí 😉).
Tiramisú.
En la mochila preparamos tiramisú desde hace muchísimo tiempo, con épocas en las que nos apetece más y otras en las que preferimos algo distinto.
Con una receta bastante respetuosa con nuestros hermanos italianos, salíamos bastante bien parados cuando llevábamos este popular postre a las reuniones familiares.
No obstante, había momentos en los que me negaba a prepararlo: embarazos y con niños muy pequeños.
¿El motivo? La crema de mascarpone llevaba huevo crudo. Me podréis decir que son remilgos míos y que no es para tanto -será cierto- pero me causaba tanta aprensión que ni siquiera con un súper antojazo durante el embarazo de número seis me atreví.
Una vez nació, y me puse a trastear con otras recetas (y a cambiarlas, ya me conocéis 😂), en un momento de lucidez, exclamé «¡pero serás tonta! ¿cómo no se te ha ocurrido cambiar la crema del tiramisú?».
Creo que el resto de mochileros se me quedó mirando, en plan «se le acaba de ir definitivamente la olla»😅, pero el caso es que hice pruebas y varias catas a ciegas.
La receta que más gustó resultó ser la más sencilla (¡hurra!), y desde entonces, es la única que preparo.
Tiramisú a mí manera.
Los ingredientes son los siguientes:
GALLETAS (las de vuestra elección, yo suelo comprar unas rectangulares por la forma de mi fuente -uso una que mide 34×22 cm-)
CAFÉ descafeinado de máquina (aquí sí vale la pena dejar el soluble a un lado, cambia bastante el sabor)
La misma cantidad de QUESO MASCARPONE que de NATA para montar. Nosotros vamos a burro grande, compramos una tarrina de 500 gr y un brick de 500 ml, y tenemos para unas 20 raciones. Vosotros, queridos, si queréis preparar una tarta más pequeña, podéis coger una tarrina de 250 gr de mascarpone y un brick de los de 200 ó 220 ml de nata. Otra opción, de cara a estas fechas (Navidad is coming🎄), es preparar dos recipientes -o los que queráis- con las cantidades familiares, y congelar. ¡Este postre congela de lujo! Luego sólo tenéis que dejarlo en nevera y añadir un poco más de cacao o chocolate rallado por encima. Creedme, nadie lo notará 👍.
CACAO en polvo o CHOCOLATE RALLADO. Mi favorito es el cacao en polvo, pero como ¡sorpresa! nunca pongo azúcar en la crema de mascarpone -vosotros añadidlo si os gusta más dulzón, a vuestro gusto, que de eso se trata😉-, añado chocolate negro recién rallado al final cuando vienen visitantes más golosos al perchero.
Elaboración.
En primer lugar, voy preparando la crema de mascarpone. Batimos la nata hasta que quede firme y añadimos el mascarpone, volviendo a batir hasta conseguir una crema lisa y firme. Como os decía antes, si os gusta más dulzón, o si queréis añadir un toquecito diferente, podéis poner azúcar, algún aroma (estoy pensando ahora mismo en el aceite esencial de naranja, creo que quedaría bastante bien😋), ¡lo que queráis, queridos!
Mientras la crema reposa en la nevera, para que termine de coger cuerpo, vamos preparando el café. Nosotros solemos necesitar dos cafeteras, y hay que dejar que se enfríe un poco para no deshacer la crema en cuanto montemos el tiramisú, así que siempre tengo un recipiente listo para poner el café y seguir avanzando.
El tiempo que tarda en enfriar el café lo utilizo para preparar el resto de ingredientes, recoger la cocina, sacar una o varias fuentes -según el número de comensales o eventos- y poco más (hay que aprovechar cada minuto, queridos, vuestro yo cansado de más adelante os lo agradecerá 😊).
Y comenzamos a montar. En el perchero, en cuanto ven que está todo preparado, hacen cola para remojar galletas, es casi casi tradición 🤣.
Vamos rellenando la fuente con una capa de galletas, añadimos con una cucharita un poco más de café si vemos que alguna está seca, cubrimos con una capa generosa de crema de mascarpone, otra de galletas y así hasta que se acaba la crema o hasta que consideramos que hay suficientes capas.
Cuando sabemos que en el evento/festividad hay chocoadictos, como solemos hacer unas seis capas de galletas y crema, después de la tercera ya ponemos cacao o chocolate rallado, seguimos y al final más cacao/choco. ¡Nos gusta ese punto extra! En alguna ocasión también hemos dividido el tiramisú en dos partes, una con chocolate negro y otra con blanco, porque hay familiares muy queridos que prefieren este último. ¡Y para gustos, colores!
(Si el día de mañana uso chocolate rosa, sé de dos numeritAs que se van a poner contentísimas, no hay que tener miedo a cambiar🥰).
Para acabar, tapamos bien la fuente y de nuevo a la nevera. De un día para otro queda muchísimo mejor, y recordad lo que os escribía antes: ¡congela de lujo! De hecho, la última vez que lo preparé, antes del cumpleaños de número tres, tenía cantidad para llenar dos fuentes. ¡Otra tarea hecha para estas Navidades!
Un último apunte, queridos. Mojar galletas en café tiene un efecto secundario -temporal y leve-, pero os quiero avisar especialmente si gustáis de tener manos cuidadas…. ¡Os vais a teñir los dedos!😅 Como os digo, se irá con unos cuantos lavados, pero si queréis usar guantes específicos para cocinar, no os voy a decir que es mala idea 😜.
Os dejo ya, queridos, con una petición. ¡Enviadnos fotos de vuestros postres, y cómo le dais vuestro toque personal! Siempre podemos ir aprendiendo y mejorando juntos… 😍
Para la semana que viene, cambiamos Italia por Bélgica, y seguimos con el dulce. ¿Os animáis a adivinar?😉
Ha llegado el momento, quizá por ser ya fin de curso y tener algunos momentos de silencio y tranquilidad, de dar forma a la entrada sobre la muerte de un ser querido y los niños.
En breve daremos gracias de nuevo por la vida tan plena que disfrutó la matriarca, nuestra iaieta, así que no creo que encuentre un momento mejor para escribir.
Han pasado ya más de seis meses, queridos, y el vacío que dejó después de un largo y difícil proceso, sigue muy presente.
Sus vistas favoritas (las mías también 🥰)
Su bondad, su sencillez y cariño, convirtieron su funeral en un acontecimiento al que acudieron no sólo sus familiares y vecinos, sino también los pocos amigos de su edad que quedan y muchísimas personas que habían compartido algún momento con ella.
La ceremonia, emotiva donde las haya, contó con la presencia y participación de los numeritos, y días -e incluso semanas- después, su asistencia seguía siendo motivo de conversación.
Llama la atención.
Mirando hacia atrás, muchos años atrás, tengo el recuerdo de frecuentar el cementerio con la familia «para poner guapos a los abuelos» con flores, charlar sobre ellos y conocer nuestras raíces, y una prohibición muy clara: NUNCA durante un funeral, eso NO es cosa de niños.
Los niños y la muerte.
Creo firmemente en la buena intención de los adultos de aquel entonces, iaieta incluida. Creo que intentaban protegernos del dolor y evitar que las personas que acudían se sintieran mal o quizá observadas (tened en cuenta que en aquella época las emociones se gestionaban de otra forma).
Pero lo único que conseguían era confundirnos aún más…
Porque los niños, con esa curiosidad innata, con esas ganas de aprender, ya saben qué es la muerte. La observan en cada planta que se pone mustia, en el caracol que han pisado sin querer.
¡En la comida! «Mira mamá, el pollo está muerto, mira la cabeza del conejo ¡le han quitado la piel!», «mamá, ¿cuál es la diferencia entre pez y pescado?»
Con los amigos: «Pedro le tiró una piedra a una lagartija, y la llevó al cole»…
Qué decir de las películas, videojuegos, la tele -queridos, ¡dejamos ver las noticias a los niños! ¿no van a preguntar?-, los libros, y un larguísimo etcétera.
La muerte está constantemente presente.
(Flor seca en el perchero)
Quizá lo que nos falta, en mi humilde opinión, es dejar salir nuestros PROPIOS MIEDOS y DUDAS a la hora de hablar sobre ella…
Ver que, para los niños, con esa mirada inocente, transparente, la muerte no es un tema tabú, simplemente un proceso natural e inherente a la VIDA.
Somos nosotros, los adultos, quienes hemos sesgado, censurado e intentado -sin éxito- esconder la muerte bajo el pretexto de un posible trauma. Posiblemente porque no sepamos, posiblemente porque así es como lo hicieron con nosotros, posiblemente porque seguimos la corriente de un mundo que busca el elixir de la eterna juventud, si no el de la inmortalidad.
Entonces ¿cómo explicar a un niño que ha fallecido alguien conocido? ¿qué decir cuando preguntan sobre la muerte?
Pues queridos, así en general, creo firmemente que la actitud a adoptar es la de OBSERVACIÓN y ACOMPAÑAMIENTO, más que la dirección o la información, que también llegará, pero a su tiempo.
Es decir, que en primer lugar necesitamos practicar la escucha activa. Sentarnos tranquilamente, sin distracciones, atendiendo y entendiendo el contenido de la pregunta. Aclarando todos los puntos, el contexto, para evitar malentendidos (como éste, que suena a chiste pero que es más frecuente de lo que imaginamos)
(Vídeo de YouTube)
En segundo lugar, queridos, siempre es importante adaptar el contenido, más que a una edad en concreto, al grado de madurez y sensibilidad del niño.
La información sobre la muerte, al igual que sobre cualquier tema trascendental, necesita de unas pausas, de un entorno tranquilo, de ejemplos que hayan podido observar con anterioridad (¡qué importante es contemplar la naturaleza, queridos, qué gran maestra!).
Y, sobre todo, nunca MENTIR ni INVENTAR. Si no estamos seguros de cómo avanzar, es mejor reconocerlo y seguir en otro momento. «Mamá/papá necesita unos minutos para ordenar sus pensamientos, o quizá hablar con alguien que esté más preparado, antes de continuar con esta conversación tan importante. ¿Podemos seguir después?»
Validar las emociones a medida que surjan. Queridos, muchas veces vale la pena parar y abrazar, llorar juntos. Parece que si no soltamos toda la parrafada que tenemos preparada no nos quedamos a gusto, que no va a servir para nada, y no es cierto. La pérdida siempre duele, da igual la edad, da igual -aunque nos choque (porque no nos acordamos de nuestro yo niño)- lo que nos falte: un familiar, un trabajo, ¡un peluche!
Estaba, y ya no está. Y quizá no regresará jamás. Y es triste, y da miedo, y remueve con mucha intensidad. Y habrá que ir transitando el duelo para superarlo, no hay atajos, no hay distracciones. Tengas sesenta años o tengas cinco.
Por último queridos, y me dejo muchas cosas en el tintero -pero no es plan de escribir un libro-, dejemos SIEMPRE la puerta abierta.
Que sientan, que sepan, que cualquier duda, añadido, necesidad que surja, va a estar atendida. Sepamos ser su cobijo.
El día de mañana será la sexualidad (otro tema fundamental, vital, que también estamos desvirtuando), el siguiente el consumo de tóxicos, el uso del móvil… Estemos allí, queridos, y demos información, o serán otros quienes lo hagan, mejor o peor.
A día de hoy, en la mochila.
Queridos, hoy -27 de junio de 2023-, seguimos transitando el duelo. Hay numeritos que abrazaron la muerte de la iaieta y la aceptaron desde el minuto uno, hay quienes hicieron una lectura más espiritual y su camino se hizo más corto, y hay quien todavía no lo ha terminado de gestionar.
Y está bien.
Todos lo llevan a su paso, todo se ha normalizado de una forma muy natural, y no sentimos la necesidad de forzar nada. Somos conscientes del impacto, y de la suerte, que ha supuesto tener una figura tan importante en nuestra vida.
Añoramos a nuestra iaieta, la queremos y agradeceremos su vida y los momentos que compartimos… hasta el día de nuestra muerte.
ELLA (gràcies Xavi)
Gracias por seguir leyéndonos, gracias por acompañarnos durante este tiempo de silencio, ¡seguimos adelante!
Besos mochileros por ocho, con la mirada siempre puesta en el Cielo.🙏🏻😘
Tras un parón que nos ha parecido eterno, pasando por todo tipo de fases (mudanza, verano, adaptaciones varias, bloqueo del escritor sin ser escritor😂) que nos hicieron replantearnos la existencia de este humilde recibidor de la mochila, nos volvemos a presentar ante vosotros con la misma ilusión que el primer día para invitaros a un viaje virtual.
¡Nos vamos a Japón!😊
(Imagen obtenida en Google)
La cultura nipona, su gastronomía, la belleza de sus paisajes y de sus edificios más emblemáticos, su tecnología… Todo nos parece fascinante 🥰
Pero el bolsillo no está para demasiados gastos queridos😂, así que la visita será gastronómica y a distancia. ¡De momento, es lo que hay!
Gyozas
(Imagen obtenida en Google)
Uno de los platos que más nos gustan, además de los tan conocidos makis, son las gyozas.
Estas empanadillitas con distintos rellenos, cocinadas en la sartén con ese mix plancha-vapor, gustan casi a todos en la mochila (¡incluido número tres!). Quedan fuera número dos -demasiada verdura- y número cinco -que sigue los pasos de número tres, e incluso los supera😅-.
Para los que no conocéis el fascinante mundo de las gyozas y sus distintas variantes, os dejo aquí el enlace de Wikipedia (el saber ocupa muy poco lugar, y es un arma muy poderosa queridos😉):
Queridos, reconozco que hasta ahora las únicas gyozas que entraban en el perchero las compraba señor marido y sólo en ocasiones especiales (como buen producto gourmet que son).
Y en la última ocasión que se presentó para degustar este manjar, noté que el relleno dejaba bastante que desear. Cada vez más especiadas, más industriales, cada vez menos producto de calidad.
Los niños insistían en preparar en casa una versión más saludable, más auténtica (que me disculpen los señores japoneses por el atrevimiento), pero no encontraba una receta que me ayudara a cocinar en familia, especialmente con las masas (con el huevo crudo y bebés/niños pequeños, tolerancia cero).
Todo esto rondaba mi cabeza, hasta AYER. Dando el pecho bastante distraída, viendo recetas «random» -como dicen los numeritos mayores- di con una que me pareció DEMASIADO fácil.
Tan sencilla era que no podía dar crédito, y tuve un arranque de esos de «sujétame el café»🤣
Con unos cuantos ingredientes que pululaban por el frigo y despensa, y con unas hojitas tiernas de los ajos que están saliendo en el patio (de cuando a bebé -aka número seis- le dió por lanzar cebollas y dientes de ajo por doquier🤦🏻♀️) nos -número cuatro y servidora- marcamos un relleno decente.
Y llegó el momento de la verdad: ¿saldría la masa, o sería un fake de redes sociales, como otro cualquiera?
Decidme vosotros, queridos, qué os parece…
La receta mochilera.
Empezaremos queridos por el relleno. Aquí cada uno puede tirar de gustos, de creatividad, de restos que tenga por casa -como hicimos nosotras😅-, ¡imaginación al poder!
Apuntaré la mitad de las cantidades que preparamos (por razones más que obvias). Con esto tendréis para unas 32 gyozas 🥟.
250 gr de carne picada mixta
1/2 cebolla
2 zanahorias medianas
1 trocito de pimiento rojo
2 dientes de ajo
Cebollino (nosotros usamos hojas tiernas de ajo)
Salsa de soja
Especias al gusto (jengibre, ralladura de limón, pimienta…)
En primer lugar, salteamos la carne con un poco de aceite de oliva. La receta original trabaja con la carne cruda, pero al no saber si se cocinaría bien o no, preferimos dorarla antes.
Trituramos con el robot todas las verduras, a excepción de las hojas verdes del ajo (nuestra versión particular del cebollino), que número cuatro picó a cuchillo.
Mezclamos todos los ingredientes y sazonamos con la salsa de soja y especias al gusto.
Nos pusimos entonces con la masa, y veréis ahora el porqué de mi incredulidad: los ingredientes son
250 gr de harina
1 cucharadita de sal
agua hirviendo (empezamos con 1/2 vaso, añadiendo poco a poco para no pasarnos, es mejor que quede sequita a que tengamos una masa pastosa y poco manejable )
¡Y ya está! Al principio mezclamos con una cuchara de madera -¡quema, queridos!-. En cuanto bajó la temperatura, amasamos a mano unos minutos hasta lograr una masa elástica, y dejamos enfriar.
En ese momento dividimos y boleamos las porciones: primero en cuatro trozos, y luego en 8.
Con un rodillo de cocina (por eso de ir más rápido, porque a mano se hacen también fenomenal) formamos discos finos de masa, rellenamos y dimos la forma tan característica de las gyozas. (Os recomiendo que busquéis algún vídeo tutorial, porque si me explico yo esto puede ser el acabose🤣).
Las primeras nos salieron un poco churro, y número cuatro quería hacerlas «a su modo», cosa que me inquietó bastante -no os voy a mentir, tengo mis rigideces-, pero enseguida le pillamos el punto y os he de decir que a ella le salen mejor que a mí 🥰.
Cocinado
Cocinar las gyozas es muy sencillo: necesitaremos una sartén, un poco de aceite y agua.
Calentaremos a fuego medio un poquito de aceite en la sartén, y añadiremos las gyozas. En cuanto la base esté doradita cubriremos el fondo con agua y taparemos para dejar que se terminen de cocinar, calculad unos cinco minutos.
Serviremos con salsa de soja, o vinagre de arroz, o tal cual… ¡Están riquísimas recién hechas!😋
Y si sobran, aguantan perfectamente bien tapadas en la nevera (al menos un día, no han durado más 😂).
Para la próxima, congelaremos unas cuantas y comprobaremos si llevan bien ese proceso, ya que al ser un producto «laborioso» de preparar, creo que vale la pena pasar una tarde de taller de cocina, echarse unas risas en familia, y dejar una buena tanda preparada…. Para un momento especial, o porque nosotros lo valemos. ¿No os parece queridos?😍
Espero que os guste la receta, que la preparéis y compartáis con nosotros más ideas (aquí o en Instagram @cuatroymasenmimochila).
Nos vemos en unos días para hablar de un tema sugerido por una gran amiga y grandísima docente: la muerte desde la perspectiva de los numeritos. ¡Os esperamos!
Hoy me recuerda esta plataforma que celebramos nada más y nada menos que ¡7 años juntos!!!
Gracias por acompañarnos durante este largo viaje, un viaje que en las últimas semanas es bastante caluroso y que, por lo que parece, va a continuar siéndolo.
Por ese motivo, actualizo una entrada de las primeras que habla, precisamente, del aumento de las temperaturas y de cómo afecta a nuestro cuerpo. Un recordatorio importante en mi humilde opinión, especialmente cuando tenemos personas mayores o niños cerca.
¡Ánimo con la semana, ánimo con este calor, cuidaos mucho!
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CALORET
El calor nos afecta tanto por fuera como por dentro. Menos ganas de comer, de hacer cosas, irritabilidad, descanso “regulín”, son señales que pueden aparecer más pronto que tarde con estas temperaturas.
A los que ya tenemos unos añitos –pocos, ¿eh?- nos resulta fácil buscar soluciones para combatir este sofocante tiempo. Que si un granizadito, que si un refresquito, una cañita… ¡Atención! Ya me sale el médico que llevo dentro: estas bebidas NO hidratan (¿verdad que luego se queda la boca pastosilla, queridos? ¡Seguimos teniendo sed!), se nos dispara el azúcar y también nos podemos marear de tanta cervecita y sangría juntas, ¿me explico? (Y añado, el alcohol -entre otras muchas cosas NADA beneficiosas- altera nuestra capacidad de regular la temperatura, así que nunca será buena idea… Ahí lo dejo)
Por si no me creéis, mirad qué foto más terrorífica. Muestra la cantidad de azúcar que hay en cada envase, uffffff.
Vale, ahora os cuento cómo solucionar esto, pero antes pensemos en los peques, en los abuelitos, y en las personas que padecen alguna enfermedad. Algunos no podrán expresarse bien (bebé, por ejemplo, ya empieza a pedir agua, pero lo habitual es que se pille un cabreo del quince cuando tiene sed), otros pueden verse afectados tan rápidamente por el calor que ni les da tiempo a buscar ayuda. Veamos qué ocurre cuando el sol (y el calor) nos da un bofetón, para que lo podamos detectar a tiempo, y en un segundo vemos qué hacer….
Encontré estas imágenes en internet, bendito google (siento no poner quién es el autor, reconozco su esfuerzo y no pretendo colgarme el mérito). Explican lo que ocurre cuando nuestro cuerpo se calienta. Básicamente nos pasan dos cosas (lo podéis observar ahora mismo en vuestro cuerpo…), sudamos un montón, y se nos va “la sangre a los pies” –las embarazadas necesitaréis refrescaros y poner los pies en alto o puede que se os pongan como botas, ¿verdad?-.
Cuando existe vasodilatación (lo de los pies) a la sangre le cuesta más llegar al cerebro, tiene que bombear con más fuerza, por lo que podemos notar palpitaciones, y sensación de mareo. En casos más acusados, se puede producir un síncope (perder el conocimiento durante unos minutos).
Con la sudoración, pasan varias cosas… Pero se resume en que perdemos agua y sal, y que nuestras glándulas se cansan de tanto trabajo. Si perdemos sal, necesaria para un correcto funcionamiento muscular, tendremos calambres. Si es agua, por una serie de mecanismos que buscan el equilibrio, nos bajará la tensión y podemos llegar a sufrir un shock si no se pone remedio. Y si nuestras glándulas se agotan, y no podemos eliminar el calor, sufriremos el llamado golpe de calor. Suena lo suficientemente grave como para no dejar que esto nos pase, ni les pase a nadie de nuestro entorno, ¿no creéis?
Vale, y ahora que tenemos el susto en el cuerpo (no lo pretendo, pero sí que seamos precavidos), vamos a ver qué debemos hacer…
Fijaos en esta imagen
Nos nuestra unas medidas muy sencillas para poner en práctica desde ya. Sombritas, evitar el ejercicio en las horas de calor, y beber con frecuencia. También debemos acordarnos de las sales que se pierden con el sudor, y que debemos reponer. Está claro que el agua es lo mejor que hay para la sed, pero no nos ayuda con los calambres. Por lo tanto, tomaremos (y ofreceremos) agua a menudo –porfa, no me hagáis eso de “se me olvida tomar agua durante toda la mañana, y de repente me bebo un litro de agua helada”-; y también haremos nuestras comidas –pocas y frecuentes- con productos de temporada, muy refrescantes. Es tiempo de gazpachos, macedonias, ensaladas, polos caseros, granizados caseros con mucha fruta y poco azúcar (simplemente triturado y congelando la fruta). Llevaos el termo a la playa o la piscina, usad fruta congelada como si fueran cubitos para no aguar vuestras bebidas, haced presentaciones bonitas para que tanto fruta como verduras entren por los ojos…
A los bebés que tomen pecho, dadles teta más a menudo. No necesitan agua, ya beben leche materna, que es su alimento y su bebida (¡y su todo!). No os preocupéis y, ante la duda, ya sabéis: ¡teta!
Usad gorros, sombrillas, ¿sabéis que hay unas tiendas de campaña con protección solar geniales para los bebés? Y, aun con todo esto, procurad no exponeros de 11 a 16 horas. Sé que es cuando más apetece, pero si hay personas vulnerables en la familia, pensadlo al menos.
¿Y si me pilla el toro? Si observáis que alguien de vuestro entorno se siente mareado, tiene temperatura alta, vómitos, o está muy aletargado… Acudid inmediatamente a vuestro centro de salud (o al que tengáis más a mano). En el caso de tomar medicación (especialmente fármacos para la tensión, o diuréticos –para hacer pipí-) puede que se tenga que ajustar, y es necesario que, sin prisa pero sin pausa, pidáis cita. En casos ajenos, por favor, echad una mano, llamad al 112.
Me voy a despedir hasta la semana que viene con una petición y un “regalo”. La petición, ¡practicad el veraneo de forma segura! El regalo es un descubrimiento reciente de la mano de otro de mis chefs favoritos: Jamie Oliver. Le conozco (televisivamente hablando) desde hace un montón de tiempo, pero os sonará por ser el chef que “venció” en los tribunales a la cadena McDonalds, y por ser quien está promoviendo una alimentación saludable en los colegios.
Pues os dejo uno de sus vídeos, donde nos enseña cómo hacer helado ¡en menos de un minuto! Y como me gusta a mí: fácil, rico rico, y -obviando la miel que usa para endulzar y evitando el alcohol- bastante saludable (fruta y yogur, o fruta sola. ¿Quién da más?).
Hemos tardado casi una semana en darle forma a este post…😅
Detener nuestra (frenética) vida y darle forma a una (caótica) receta, amén de sacar fotos que no estén (muy) borrosas, ha supuesto todo un reto (y un par de intentos).
¡Pero me siento tan feliz leyendo y atendiendo vuestras peticiones, que ha sido todo un placer! (Además, nos hemos puesto las botas 😋😉)
El pan más fácil del mundo.
Queridos, este título tan atrevido lo es porque no necesitamos muchos utensilios, tampoco vamos a pringarnos demasiado las manos, los ingredientes son de lo más normal y el tiempo empleado no es como para pensárselo mucho. ¡Así que al lío!
Ingredientes y materiales:
Harina de trigo
Levadura de panadería/levadura fresca
Agua templada
Sal
Aceite de oliva
Materiales:
Bol o recipiente grande
Cuchara sopera
Bandeja de horno
Trapo de cocina
¡Ya está queridos! ¿Comenzamos?
En primer lugar, vamos a mezclar la harina con la levadura y el agua (muy importante que esté templada). Las proporciones (aproximadas) son:
1 kg harina
1 sobre de levadura de panadería, o 1cubito de levadura fresca (25 gr)
750 ml de agua (aprox 3 vasos y medio)
Como recomendación, podéis comenzar con la mitad…. Pero os aseguro que acabaréis preparando el kilo entero, ¡porque está de vicio!😜
Y atención, siempre podéis hacer de más, cortar en rebanadas, congelarlas, y cuando las necesitéis ¡a la tostadora!
A temperatura ambiente, no sabemos qué pasa más allá del tercer día… ¡solemos terminarnos el pan en uno o dos!😂
Removemos con la cuchara, tapamos con el trapo de cocina, y seguimos con nuestra vida. Al principio, veréis cómo es una masa que se rompe, y quizá penséis que está muy húmeda. No os preocupéis, poco a poco todo irá tomando forma.
En este momento, empiezan a trabajar el gluten y la levadura. El primero ligará la masa, la hará cada vez más elástica. Y la segunda se activará y convertirá el pan en una delicia muy esponjosa.
Durante más o menos una hora, nuestra labor consistirá en ir pasando por delante del bol cada 15-20 minutos y remover un poco la masa con la misma cuchara (yo queridos, ni la saco del bol 😅).
Con movimientos desde fuera hacia adentro, estiro la masa y la dirijo hacia el extremo opuesto. Voy girando el bol hasta dar la vuelta completa y quedar en el centro una bola.
Tras esta primera fase de «gimnasia de masa» -que suelo repetir 4-5 veces-, añado 1 cucharada sopera de sal y aproximadamente 4 de aceite (un buen chorretón, vaya).
Aquí ya me gusta apartar la cuchara y meter mano, pero podéis seguir mezclando la masa con cuchara sin problema. Le dedico un par de minutos, hasta que se integra bien el aceite en la masa. Vuelvo a tapar el bol con el paño, y ahora a descansar.
Empieza la fase de levado: ya tenemos una masa que estira bastante, nada que ver con la que teníamos al comienzo del amasado, la levadura está activa y muy a gusto en la masa templadita, y sólo nos queda que se ponga a trabajar en serio durante una horita u hora y media (la temperatura ambiente va a influir muchísimo).
Pasado ese tiempo, veremos que nuestra masa ha aumentado de tamaño, es el doble (o incluso más). Es el momento de engrasar una bandeja de horno, o poner papel de hornear, y volcar directamente la masa en ella….
Con las manos húmedas, aplanaremos ligeramente la masa y hundiremos los dedos en ella para a continuación poner un poquito más de aceite y sal por encima.
¡Y ya sólo nos queda el horneado!
Precalentaremos a 240 grados, calor arriba y abajo (es muy importante que esté bien caliente 🌡️🔥🔥🔥, queridos). Introduciremos la bandeja, bajamos a 210 grados y dejamos que se dore bien. ¿El tiempo? Aproximadamente media horita (chequead la primera vez, ¡cada horno es un mundo!)
Busca tu momento, ¡y a por el pan!
Nosotros, en la rutina mochilera, hemos comprobado que esta receta se adapta perfectamente a nuestros tiempos matutinos. ¡Si no fuera porque está la luz por las nubes, seguramente la prepararíamos a diario!
Preparo la masa, tapo y me pongo con el desayuno. Primer estirado, despierto a los numeritos. Segundo estirado, visto a bebé y ayudo a número cinco. Tercer estirado, chequeo que todos estén listos para salir. Sal, aceite ¡y al cole! 🏃🏻♀️
Cuando regreso, justo una hora después, la masa está lista. Vuelco, horno ¡y a correr otra vez!
Vosotros queridos, aprovechad el ratito que os venga mejor, sin agobios. Si os pilla el toro en pleno amasado, tapad bien y a la nevera. Dormiréis la levadura, el proceso se detendrá, y ya seguiréis en otro momento, ideal para dejarlo casi listo por la noche y hornear a primera hora de la mañana.👍
Don’t worry, be happy queridos! Con las cosas del pan, lo mejor es ponerse música y aprender disfrutando del proceso.☺️
Besos mochileros muy panaderos, ¡hasta pronto! 😘😘😘
Después de celebrar ayer en Instagram las 1000 publicaciones (@concuatroymasenmimochila), lancé una sugerencia: ¡darle un nuevo empujón al blog!👍
Porque, sinceramente, lo echo muchísimo de menos, pero también es cierto que el día a día nos está resultando más difícil de sobrellevar de lo que imaginamos hace unos cuantos meses….
¡Y se avecinan nuevas sorpresas!
No os voy a adelantar nada más que:
-no, no hay bebé en camino😂
-estoy pintando algunas paredes en Villa Gotelé (¡y cada día que pasa detesto más y más el dichoso gotelé!)
Cambiando de color… ¡Tachán!
EL LABORATORIO
Y entre pintura y carrera al cole, estamos realizando una serie de experimentos culinarios en familia la mar de interesantes, queridos, y nos encantaría comenzar a compartir algunos resultados con vosotros. ¿Comenzamos?
Horno
La mayoría de vosotros sabéis que el horno es un «must» en la cocina mochilera. Y los más allegados también conoceréis que no hemos tenido mucha suerte con el tema eléctrico de Villa Gotelé y el uso de varios electrodomésticos a la vez (que saltan los plomos cada dos por tres, vaya😅).
Si a eso le sumamos que el precio de la electricidad está por las nubes, y que nuestro sentido del deber, de familia numerosa y del respeto al planeta también son elevados, llegaréis con nosotros a la conclusión siguiente: horno, lo justo y necesario.
Y si sois -como nosotros- unos enamorados de las masas y/o unos despistados que se quedan sin pan a la mínima…. ¿cómo lo hacemos?
1.-Tradición y cultura.
Mirad queridos, tenemos la inmensa suerte de contar con una gastronomía de lo más variada y si tiramos de recetas familiares podemos encontrar varios tipos de panes o masas que se preparan fritos o a la plancha.
¡Las «coquetes fregides» típicas de pueblito bueno!
También el ejemplo de otros países, desde las famosas tortillas mejicanas hasta el delicioso pan naan indio o los panecillos al vapor japoneses.
2.-¿Tienes tiempo?
El factor clave en estos días que corren -nunca mejor dicho- es el tiempo. La mayoría de nosotros para poco o nada en casa, y muchas masas necesitan de un proceso de levado y un mínimo de atención.
3.-Equipamiento.
Lo que tenemos entonces, queridos, es:
a) hambre
b) prisa
c) una cocina con lo básico, y ahí incluyo una sartén y un grill o sandwichera (si no, sólo una sartén, ¡perfecto!)
Pues con esto, un bol, una báscula de cocina y una cuchara ya lo tenemos todo.
¡Ah, no, falta la compra!😅
4.-Ingredientes que no pueden faltar:
Queridos, aquí NUNCA, NUNCA, JAMÁS, falta lo siguiente (y si pasa es que estoy mala mala malísima😂):
-harina
-sal
-aceite
-levadura química
-leche/bebida vegetal
-avena (sí, no me importa reconocerlo en público, ¡me encanta la avena!😍)
-¡CAFÉ! Pero esto ya no lo vamos a necesitar. Bueno, sí, y mucho🤣, pero para la receta no😜
5.-¡Vamos al lío!
Queridos, con todo esto vamos a preparar unos panecillos riquísimos en menos de 30 minutos. Calentitos están para comerse solos, y si los abres y los rellenas (o los preparas como tostadas) te apañas una buena cena en nada.
Son suaves y de sabor neutro, así que se pueden utilizar tanto para dulce como para salado.
Y, aunque la receta original recomienda horno, después de probar todo tipo de variantes y cocinados, nos quedamos SIN DUDA, con el grill/sandwichera😋
Nota: si tenéis ésta última, os recomendamos que no uséis el cierre, porque la masa -al llevar levadura- va a crecer un poco.
PANECILLOS EXPRÉS DE AVENA
Ingredientes:
300 gr de leche o bebida vegetal al gusto
75 gr de copos de avena
420 gr de harina (la que prefiráis)
100 gr aceite oliva suave (podéis usar girasol, margarina o mantequilla, éstas dos derretidas o muy blandas)
1 sobre de levadura química
1 cucharadita de sal (opcional)
Preparación:
Queridos, en primer lugar mezclaremos la leche y la avena, y dejaremos reposar unos minutos (esto es muy importante!)
Mientras tanto, podemos enchufar el grill/sandwichera o poner una sartén a fuego suave para que coja temperatura.
Es entonces el momento de añadir el resto de ingredientes y amasar un poco. Veréis qué es una masa muy suave y manejable, para nada pegajosa. En un minutillo ya estarán todos los ingredientes unidos y podréis dividirlos en porciones (de 8 a 10 es lo ideal), que bolearéis.
Ahora sólo queda chafar un poquito esas bolas de masa, formando unos discos de aprox 1,5 cm de grosor ¡y a cocinar!
Con el grill (no tenemos sandwichera, ¡demasiado pequeñas para nuestras necesidades!😂) tardamos unos 5 minutos por cada lado. Aunque lo cerramos -sin presionar-, la parte de arriba no calienta igual que la inferior, así que solemos darles la vuelta, y os lo recomendamos.
Con la sartén, mismo procedimiento tapándola mientras se cocina para asegurar que el panecillo esté completamente hecho.
¡Y muy muy importante dejar espacio entre los panecillos para que no se peguen al aumentar de tamaño!
Como siempre, unas imágenes «made in mochila»…
La masa, boleada¡A comer!😋
¡Aquí tenéis el resultado, queridos!
Adelantándome a los comentarios, sí, se puede sustituir la avena por harina… Añadid la misma cantidad (75 gramos) y trabajad la masa un poquito más. Pero os aseguro que la gracia está precisamente en la avena, ¡probadlo, y ya me contaréis!😊
Gracias por vuestra atención y cariño queridos, nos despedimos hasta muy pronto. ¡Besos mochileros!😘😘😘
No sé si decir que son tardes o noches, con el sol que entra por la ventana de Villa Gotelé… ¡Así es imposible que los peques quieran ir a la cama!
Días de sol y de luz.
Ha llegado el verano, queridos, y la luz nos invade desde muy tempranito, hasta demasiado tarde (para nosotros, mayoría de gallinitas por aquí 😉).
El cole.
No sólo el tiempo promueve que exista algún cambio en nuestro día a día, la ausencia de una estructura rígida como es el calendario escolar hace que se pueda flexibilizar la vida mochilera.
Los numeritos, todos los niños en general, han tenido un curso más que movidito. Cambios, incertidumbre, miedo.
En nuestra humilde opinión, han sabido gestionar está pandemia como campeones, y se merecen parar un poco, descansar.
Sin embargo, al menos en nuestro caso -quizá por la neurodiversidad mochilera (os remito al post anterior si todavía no lo habéis leído ☺️)-, siempre vamos a necesitar una estructura, un ancla que nos dé seguridad y estabilidad.
Así que llega el verano, escondemos el mando de la tele (sí queridos, así todo es más sencillo, eliminando la caja tonta de la ecuación todo fluye😅), y apuntamos proyectos, deseos, preferencias…
La libreta.
Este año, aconsejados por la psicóloga de número tres, además de tener nuestra rutina veraniega por escrito (y próximamente con pictogramas para que número cinco también pueda seguirla) vamos a instaurar «el día del protagonista».
Aquí un primer boceto (sí, con un ratito de tele todavía por definir🙄), y nuestros palos de tareas -¿los conocéis queridos?-
Tiempo a solas.
Y es que, en familias grandes como la nuestra, a veces se nos olvida tener un buen rato de disfrute a solas con los hijos. En la mochila sí solíamos buscar algún minutillo, o dos, o cinco… pero el confinamiento en menos de 100 metros cuadrados apagó nuestra imaginación.
Notábamos que los numeritos nos pedían más, no sólo cantidad sino también calidad de tiempo. Realmente a solas, y realmente presentes.
Fue durante una reunión con la psicóloga cuando se nos encendió la bombillita: ahora en vacaciones, contando con un mayor apoyo familiar, podemos asignar un día a cada numerito y hacer algo especial…
El protagonista
En nuestro caso, y tras asamblea general, hemos decidido asignar un día por semana en orden decreciente, y el domingo reservarlo a la familia y al Señor.
Como bebé no se entera, su día (sábado) será el de papá, que este año se queda castigado sin vacaciones (¡pero por un buen motivo, no os preocupéis!👍)
Con número cinco también haremos alguna modificación por su terapia y otras necesidades propias de su edad.
El resto ha pedido un «tea-time» a solas con mamá, elegir una canción mientras juegan, y poder preparar un snack/almuerzo para todos.
Proyectos
Además, queridos, hemos elegido una serie de proyectos que iremos trabajando durante el verano tanto en Villa Gotelé como en pueblito bueno.
Seguiremos aprendiendo a tocar instrumentos (últimamente «ukelele» es una palabra que se nombra mucho en la mochila 🤔), haremos excursiones a la montaña, trabajaremos en la huerta (ya hemos empezado con los tomates🍅goteleros ¡y estamos contentísimos!), además de fotografía y taller de pasta fresca, que llevamos mucho tiempo deseando pringarnos de harina sin usar el horno. ¡Ah, y también pintar, aprenderemos a trabajar con acuarelas!
Pueblito bueno.
No podemos olvidar que nuestro proyecto principal es pueblito bueno. Después de tanto tiempo, de tanta lejanía, con el brazo dispuesto para la segunda dosis de la vacuna y siempre sin bajar la guardia…. ¡Cómo echamos de menos a nuestra gente, a nuestro pueblito!
Asalvajarnos, perdernos en la naturaleza, saborear el aroma de campo y sentir el sudor tras el duro trabajo físico. Y escuchar las risas de la bisabuela, que también tiene morriña de los pequeños.
Ojalá todos podamos disfrutar de un verano tranquilo, de ésos que te dejan un buen sabor de boca. Con la libreta en la mano, y un montón de ideas rondando cabeza (y corazón), os enviamos un fortísimo abrazo y nos despedimos hasta la próxima entrada.